sábado, 23 de septiembre de 2017

La vida

José Joaquín Rodríguez Lara

No hay mayor desolación
que una maleta abandonada
en mitad de la estación.


(De mi poemario 'Poemas sin libreto')


jueves, 14 de septiembre de 2017

Para servir, hay que servir


José Joaquín Rodríguez Lara


Mucha gente, demasiada, supone que para servir copas o cordero asado con verduritas y patatas panaderas vale cualquiera. No es verdad. Existe un gran desconocimiento en torno al oficio de servir copas y cordero. Para empezar, no es lo mismo ser camarero que barman. En puridad, el camarero no trabaja en la barra, sino en la cámara, en el comedor. También hay diferencias entre ser camarera de hotel y pasarse la vida preparando habitaciones, y ejercer el cargo de camarera de la Virgen y tener el honor de vestirla en su camarín, además de prepararle el altar.


Para trabajar detrás de una barra o en un comedor, y hacerlo con profesionalidad, hay que tener algunas cualidades y habilidades que no suelen abundar entre el común de los mortales.


Empecemos por las físicas: los pies deben ser de titanio. Capaces de aguantar jornadas más que maratonianas. Detrás de una barra y por el pasillo que une la cocina con el comedor se hacen más kilómetros al día que en la mayoría de las competiciones deportivas. Lo sé por experiencia.


Y si los pies tienen que aguantar una paliza tras otra, no digamos las que soportan las articulaciones, las piernas, la cintura, la espalda, el cuello, los brazos... ¿Alguna vez ha sostenido usted con la mano izquierda una bandeja de comedor, ovalada y larga como un barco, con tres kilos de cordero asado en un extremo, dos kilos de patatitas en el otro y olas de salsa por el medio, mientras con la mano derecha articulaba en forma de pinza la cuchara y el tenedor con la que servía, en el plato, a los comensales? Yo sí. ¿Desea un poco más de cordero la señora?


Luego están las exigencias psicofísicas. Hay que tener la cabeza muy despierta y un gran equilibrio mental para no quedarse corto ni pasarse. Como todo el mundo, la clientela, incluso la de toda la vida, es hija de su madre y de su padre y hay que tratarla como si se estuviese desactivando una bomba, que puede estallarte entre las manos aunque carezca de carga explosiva y ni siquiera tenga dientes. Por no haberlos echado aún o por haberlos perdido por el camino.


En el mundo del fútbol se justifica que se pierdan los nervios con el pretexto de que el deportista está a 180 pulsaciones por minuto. ¿A cuántas pulsaciones se juegan los partidos de hora punta en la hostelería?


Para servir copas y otros caldos es muy conveniente tener agudeza visual, tanto de frente como hacia los laterales, y resulta provechoso poseer un buen sentido de la orientación y una gran sensibilidad espacial. Casi como para ser astronauta. Se deben poner los cinco sentidos en las personas a las que se está atendiendo en cada instante, pero sin perder de vista al resto del Universo.


El sentido de la orientación y la percepción exacta del espacio en el que se evoluciona resultan indispensables en los momentos de gran afluencia de publico, cuando los movimientos son más rápidos y constantes, y el más mínimo roce con un colega puede convertir el suelo del local en una laguna de sopa de fideos o de licor con hielo.


Una buena atención profesional exige, además, respeto, cordialidad, deligencia, precisión, flexibilidad y tanta memoria como capacidad de olvido.


La clientela debe ser recibida, acomodada y servida con rapidez, pero no es mejor quien más corre si, por correr, por ejemplo, vierte el café sobre el plato, tiñendo de marrón tanto la porcelana como el sobrecito del azúcar.


Algunas empresas hosteleras le dan más importancia a la decoración de sus locales que a la formación de su personal. Una chaquetilla manchada, unas manos con mal aspecto, hablar, por teléfono o sin teléfono, en vez de atender a la clientela, beber mientras se trabaja de cara al público -¿cómo le sentaría a usted que el camarero masticase un bocadillo mientras le sirve su filete?-, gritar, discutir y otros malos hábitos bastante extendidos en el mundo de la hostelería no se disimulan por mucho que se renueve la decoración.


La profesionalidad ha mejorado mucho en el sector durante los últimos años, pero a nivel global sigue siendo manifiestamente mejorable. El hecho de que muchas personas inicien su actividad laboral en la barra o en el comedor no es un argumento de peso para creer que, para servir cafés o paellas, no se precisa formación más allá de la que se ofrece en un cursillo de manipulación de alimentos.


Para servir copas o solomillo de retinto al queso de La Serena no basta con tener atractivo físico: hay que servir. Servir para el trabajo de servir copas y solomillo de retinto al queso de La Serena.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Tostá con higos frescos de Barcarrota


José Joaquín Rodríguez Lara


No es un invento. Tampoco es el descubrimiento que uno fuese buscando. Todo lo más, un hallazgo; casual e inesperado, como casi todos los hallazgos.


Pero sí es una propuesta. Firme, seria y sincera. Pruebe usted la tostá (vulgo, tostada) con higos frescos de Barcarrota. No se arrepentirá.


Es muy sana, es nutritiva, es apetitosa, tiene muy pocas calorías -100 gramos de higos frescos tienen 65 calorías; la misma cantidad de mermelada, 280, de foigras, 518, de mantequilla, 717...- y lleva incluida al menos una pieza de fruta fresca, algo que se recomienda para que el desayuno sea completo y saludable. La falta de fruta es la más grave carencia detectada en el desayuno de los niños españoles. La tostá con higos frescos de Barcarrota corrige este importante problema.


Soy de Barcarrota y en su II Feria del Higo -sábado 9 de septiembre de este 2017- acabo de presentar la tostá con higos frescos de Barcarrota. Más de cien tostás, preparadas por el maestro cocinero Fernando González y por Paco Quinito -agitador cultural- y otros colaboradores, se distribuyeron entre el público, que las comió con regocijo mientras escuchaba mis explicaciones. A todos los comensales pareció gustarle la propuesta. 'Riquísima' y 'yo no había comido nunca algo así' fueron las afirmaciones más repetidas.


La tostá de higos frescos de Barcarrota tiene diversas virtudes. Cuesta poco, es fácil de preparar, se elabora con productos completamente naturales, es apetecible...


Como es una tostá, tomamos como base una rebanada de pan -blanco, integral, de centeno, con semillas, de hogaza...; como usted lo prefiera- que tostaremos con mimo para no quemarlo. Sobre el pan recién tostado se rocían unas gotas de aceite de oliva; no más de una cucharadita. A continuación se pelan uno o dos higos frescos -cada pieza suele pesar menos de 50 gramos- y se untan sobre el pan, como si fuese foi, cachuela u otro alimento untable de los que se utilizan habitualmente en el desayuno y en la merienda. Si así lo desea, puede poner unos granos de sal gorda sobre la tostá. Y ya está lista para llevársela a la boca.


El higo es una fruta con una proporción muy baja de sodio, y por lo tanto es recomendable para las personas que no pueden tomar demasiada sal. Aunque a esta tostá se le añadan unos granos de sal, el contenido en sodio todavía será inferior al que tienen productos industriales como las conservas y semi conservas.


Así de fácil es la preparación de una tostá con higos frescos de Barcarrota. Hay otras versiones -con mantequilla, con queso, con miel...- pero no tienen ni el bajo contenido calórico ni la frescura ni tampoco el sabor auténtico de la tostá que les propongo. Comparen y convénzanse.


A la tostá con higos frescos de Barcarrota la hemos llamado así porque tiene a Barcarrota y a sus higos como epicentro. La propuesta la hace una persona nacida en Barcarrota; la tostá se ha presentado en la Feria del Higo de Barcarrota y, lo más importante, Barcarrota es el paraíso del higo. Sus brevas y sus higos de tiberia, de rey, de cuello de dama, de calabacita... son frutas de primor, con una calidad altísima. La producción es tradicional y el sabor invita a repetir.


Lástima que la temporada del higo fresco, tanto en Barcarrota como en cualquier otro lugar, sea tan corta y sólo permita disfrutar de esta tostá durante unos meses. Llegará el día en el que se podrán tener higos frescos, pelados y listos para untarlos sobre el pan, en cualquier momento del año. Hasta entonces, aprovéchese de que aún queda verano y desayune tostás con higos fresco de Barcarrota.


lunes, 4 de septiembre de 2017


La revolución conserva


José Joaquín Rodríguez Lara


La izquierda, en general, es bastante conservadora. De hecho, no hay nada más conservador que un revolucionario.


Los revolucionarios nacen con orejeras. Sólo pueden mirar al frente y sólo ven lo que les bulle entre las orejas. ¿Y qué es lo primero que hace un revolucionario cuando triunfa? Constituir, con la mayor solemnidad posible, el Consejo de Defensa de su Revolución. Poner en marcha un órgano monolítico y endogámico con el irrenunciable propósito de conservar congelados los trazos inspiradores de su idea. En no pocas veces, de su única idea. Los consejos de la revolución son frascos llenos de formol en los que se custodian, se conservan y se momifican los principios revolucionarios.


Para formar parte del Consejo de la Revolución es necesario haber sido jefe revolucionario y muy allegado al líder supremo de la revolución. De lo contrario no se entra en el frasco. Cuando un consejero de la revolución muere, no se le reemplaza, no vaya a ser que al retirar el tapón se introduzcan en el recipiente ideas nuevas, simplemente se amortiza la plaza.


Los revolucionarios se acartonan y se enmohecen retorciéndose entre las viejas consignas de los días de guerra, pero mantienen el ideario bélico pase lo que pase. Lo que ocurra fuera del frasco les trae al fresco. Muchos, ni siquiera cambian de atuendo. Parecen daguerrotipos colgados en las alcayatas del pasado.


Tampoco aceptan que deban morirse. Un revolucionario de verdad es para siempre. Fidel Castro vivió 90 años; Mao Zedong, 83; Ho Chi Ming, 76... El revolucionario que muere joven lo hace de muerte natural: tiroteado.


En el apartado de la longevidad los totalitarios de izquierda se parecen mucho a los totalitarios de derecha: se gastan menos que las pilas del conejo. Augusto Pinochet vivió 91 años y Francisco Franco, 83.


Si se considera lo mucho que ha adelantado la medicina, son pocos años, pero si se tiene en cuenta que Castro, Mao, Ho Chi Ming, Pinochet y Franco organizaron una y mil batallas, es un prodigio que llegasen a viejos.


El secreto de su longevidad resulta evidente: las revoluciones, incluso las que parecen de izquierdas, suelen ser muy conservadoras.


miércoles, 30 de agosto de 2017

El pimentón extremeño


José Joaquín Rodríguez Lara


Me encanta el pimentón de La Vera. Es uno de los tesoros que Extremadura le ofrece al mundo.


Una pizca de pimentón verato da sabor; dos pizcas dan color y tres pizcas conservan.


Y lo más asombroso es que siendo por sí mismo una joya gastronómica, el sabor del pimentón de La Vera, tanto si es dulce como si es picante o es agridulce, mejora una barbaridad, pero una barbaridad, cuando se le añade chorizo, se le unta queso, se cubre con unas sopas de ajo, se acompaña con un frite de cabrito, con lomo en vela o con cualquier otra cosita...


El pimentón de La Vera es increíble: admite cualquier acompañamiento. Yo lo he probado hasta con pulpo gallego y, oye, ¡genial! El pimentón.


martes, 29 de agosto de 2017

El otoño, tras la cerca de los calendarios


José Joaquín Rodríguez Lara


Primera gran tormenta del estío. Caliente. Explosiva. Violenta. Atronadora y cargada de relámpagos. Con goterones gordos como altramuces y granizos que sacuden la tierra con su descarga de fusilería. ¡Fuego graneado, que se acaba el verano!


La charca de Almamés, que estaba completamente seca, ha cogido agua en media hora de diluvio y la humedad le vendrá bien a la aceituna, muy agostada, y a la bellota. Salvo que volvamos al horno inmisericorde de los 40 y más grados y se pierda buena parte de la cosecha y de la montanera. Habrá que esperar unos días para saber como le ha sentado el agua a los higos y a las uvas.


El verano no se acaba por una tormenta, pero anuncia que algún día, al fin, se irá. A su pesar, claro. El estío es una estación invasiva. Depreda sobre las demás y las devasta. Lo mismo se adelanta y pisotea a la primavera, que se encarama a lomos del otoño y lo cabalga sin permitirle que salte la cerca de los calendarios y galope en libertad.


El verano es un ególatra y está convencido de que la pelota que arde sobre nuestras cabezas es suya. Así que si él no juega, no deja jugar a nadie. No se resigna a la jubilación el verano. Por el 21 de septiembre deja el empleo, pero enseguida, a final de mes, reaparece con el Veranillo de San Miguel (29 de septiembre), también conocido como Veranillo del Membrillo y como Veranillo de los Arcángeles. Llamarlo Veranillo de la Feria de Zafra tampoco sería descabellado, pues en el centenario certamen agroganadero extremeño hay de todo y, por supuesto, abunda el calor.


Con tantas intromisiones veraniegas, al otoño le cuesta relinchar. Las calores no terminan con estos ramalazos del estío, sino que vuelven a mediados de noviembre con el Veranillo de San Martín. El verano es agobiante. Por el calor y por lo mucho que dura. ¡Qué pesadez!


El otoño, en cambio, tiene como bandera la moderación. Situado entre el bochorno veraniego y el frío invernal, el otoño no molesta a nadie. Es el salón dorado de las estaciones. Nos ofrece frutos consistentes, como la bellota, la castaña y la nuez, que tantas hambres han remediado; nos obsequia con la fragancia de las uvas, de las granadas, del pero sanmigueleño y del membrillo. No es abundante en flores, pero nos viste y nos abriga con el hermoso manto tornasolado de las hojas en vuelo, mariposas de noviembre, y con la toca mullida del musgo, que lo mismo arropa a gigantes de piedra que a setas diminutas y a duendecillos del bosque.


En las ciudades, en las que se venera a la primavera, se idolatra al verano y se festeja al viejo de las nieves, se suele menospreciar al otoño. Es como si no existiese o como si fuera simplemente la antesala del invierno. Pero el otoño es fundamental en el reloj de la vida; una pieza muy importante en el engranaje de los días. En el campo lo saben bien.


La otoñada es el gozne, la bisagra del año, que para la gente que subsiste a pesar del campo no se inicia en enero, sino al comienzo del otoño, por San Miguel, cuando empiezan y acaban los contratos campestres, cuando se vende y se compra el ganado, se enceta la montanera y arranca el engorde de los cochinos. Por San Miguel, el otoño salta las cercas y galopa los calendarios. Si el verano le deja.


martes, 15 de agosto de 2017

El grillo

José Joaquín Rodríguez Lara


Cuatro de la mañana. El grillo lleva cantando desde las once, cuando todavía era ayer, como si viviéramos en Canarias. Y no se cansa. Es un grillo insobornable. A pesar de que son las cuatro de la madrugada. ¿Dónde estará escondido el puñetero grillo? ¿En este rincón? No. ¿Detrás de la pilistra? No. ¿Debajo de la alfombrilla? Tampoco. Enciendo la luz, y se para. La apago y reanuda su serenata. Me acerco a la ventana, porque parece que suena junto al visillo, y vuelve a callarse. Pero no lo veo.

 

- ¡Aquí tampoco está!


- ¡Ay, pero déjalo ya y duérmete! (Me dicen.)


Pero, ¿cómo se puede dormir con un grillo cantándote entre las orejas? Dentro de la cabeza. Y no es un grillo cualquiera; es un grillo de categoría. Un grillo 'ralete' -de real- que parece una reencarnación de Fidel Castro, que en paz descanse. Si es que el grillo le deja descansar en paz. Me recuerda a Fidel no por la barba, sino por las peroratas que soltaba El Comandante.


Cuando yo era niño cazaba grillos, como todos los niños que hemos sido niños y no informáticos criados a base de petits suisses; cazaba grillos 'raletes', en Barcarrota, los enjaulaba y los alimentaba con cerrajas, lechuguinos y otras hierbas. Aquellos grillos solían cantar mucho. Pero, como este, ¡como este, ninguno!


Ni siquiera Joselito -"¿quién ha pintao tus ojeras, la flor del lirio real, quien te puso Campanera, ¡ay! Campanera, por qué será?"- ni la portentosa figura de Joselito puede equipararse a este grillo. Diminutos, los dos, negrinos, ambos, y cantantes, pero a decibelio por kilo, gana el grillo. 'El Pequeño Assserrrrradoor de Seis Patas', un vozarrón. ¡Dónde va a parar!


- "Aquí, aquí está!"


- ¿Dónde?


- "Debajo del umbral, en el desagüe".

 

Los umbrales de las casas de pueblo suelen tener en la piedra un orificio para que salga el agua de fregar el pasillo, si es que no se recoge toda con el trapo. El agujero tiene el tamaño justo de una grillera y viene de serie con la piedra.

 

- ¿Está en el agujero del umbral? ¡Este grillo es un puto okupa!


Con el tallo de una planta, como cuando vivía en Barcarrota, hurgué en el escondrijo del bicho. Salió al instante. Tuve que perseguirle por el pasillo y me costó alcanzarle, a pesar de que el grillo huía vestido de frac y con el violón a cuestas. Pero lo conseguí.

 

- Ven aquí, canalla, que te voy a dar lo tuyo.

 

- "¿Dónde vas en calzoncillos?".

 

- ¿Dónde voy a ir, mujer? ¡A la calle, a desahuciar a este artista!

 

- "Pero, ¿y si te ve alguien?".

 

- Si me ve alguien, que se tape los ojos. Pero el grillo este duerme hoy fuera de España como que me llamo Joaquín.

 

Salí a la madrugada y tiré el grillo en el llano, en mitad de los coches aparcados.


¡Y cantó! El muu..., se puso a cantar en cuanto tocó el suelo. La madre que lo parió. Entré en casa, cerré la puerta y me fui para la cama sin saber si luchaba contra un grillo portentoso o contra una gramola.


sábado, 12 de agosto de 2017

¡Qué fatiguitas!



José Joaquín Rodríguez Lara


¡Qué asco de calores! Se te quitan hasta las ganas de hacer de comer. 


Había pensado merendar una tortilla de papas, pero por no batir los huevos... Lo he dejado para otro día. Y aquí estoy, a raja y pela, con un gazpacho recién hecho, en la batidora, claro, y sacándole lascas a la paleta de la cochina. 


Y es que no tiene ganas uno de 'na'. 


Pues como el tiempo siga así, me echo la siesta en la alcoba, con la sábana por encima, y al Lorenzo que le ponga cremita su santa madre. 


Desde luego, quien llamó a esta tierra Extremadura, que fatiguitas debió de pasar. Con el buen agua que hace el espiche y lo tranquila que está la sombra. ¿Extremadura? ¿Esta tranquilidad es extrema y dura? ¡Anda 'p'allá', ignorante! 


Si hasta el Sol prefiere veranear debajo de las encinas.



martes, 8 de agosto de 2017

A la caza de la caza

José Joaquín Rodríguez Lara


La caza tiene muy mala imagen pública. Salta a la vista. Es una mala imagen originada, azuzada, reforzada, proyectada y sostenida por los medios y las redes de intercomunicación social. Es una mala imagen injusta, pero palpable y muy perniciosa para todo el sector cinegético.

Habrá personas a las que no les importe lo que las demás piensen de su comportamiento, y están dispuestas a seguir viviendo su pasión cinegética, mientras puedan y se lo permitan, como lo han hecho siempre.

Esas personas no se dan cuenta o, si se dan, no les importa que la actividad cinegética no es inmune al poder de persuasión, de auténtica presión, que tienen quienes están en contra de la caza. Son gentes que votan, que se organizan, que se manifiestan, que ocupan escaños en los parlamentos y que gobiernan o pueden gobernar. Tienen mucha más fuerza que el mundo de la caza, en general, muy poco propenso a la cohesión, aunque, sólo en España, sin incluir en la cuenta al resto de la Unión Europea, la actividad cinegética mueva a centenares de miles de personas, genere muchos millones de euros de Producto Interior Bruto y también tenga practicantes y defensores sentados en las cámaras legislativas y en los gabinetes de gobierno. Pues en el balance de fuerzas a favor y en contra de la caza, que se enfrentan en el ruedo de la opinión pública, ganan, por goleada, estas últimas.

La caza es una actividad natural, legal, regulada, sometida a numerosos controles, que paga impuestos y hunde sus raíces más allá de los orígenes del ser humano, hasta el punto de que sin caza no existiría la Humanidad tal y como la conocemos. Sin embargo, los cazadores somos acosados por la Administración, perseguidos por quienes están en contra de esta práctica ancestral, tachados de asesinos y despreciados como si fuésemos delincuentes.

No se puede, ni mucho menos se debe, permanecer impasibles ante tantos y tan injustos ataques. Tendría que ser la Administración la que saliese, de oficio, a defender al sector cinegético, del que sólo se acuerda a la hora de recaudar. Pero el mundo de la caza también debe esforzarse para corregir y reconducir, en la medida de lo posible, esa mala imagen que, sin duda, contribuye a mantener y a acrecentar con hechos que no tienen encaje en un mundo que les otorga a los animales derechos que, hace muy pocos años, estaban reservados exclusivamente para las personas.

Desde el punto de vista geopolítico, España es predominantemente rural. Pero desde el punto de vista sociopolítico, España es mayoritariamente urbanita. El mundo rural parece un ámbito de guardarropía, de museo. Los valores que más ruido hacen y que terminan imponiéndose son los propios de las grandes urbes, que están devorando a los pueblos abduciendo a sus habitantes y descapitalizando sus economías. Para el mundo urbanita, que contamina más que cualquier otro, con humos, ruidos, luces.., el mundo rural es su jardín de descanso y está empeñado en que siga siéndolo, con sus pueblitos y su naturaleza intacta.

El mundo urbanita no sabe, ni quiere saber, que el mundo rural es un paraíso natural porque generaciones y generaciones de pueblerinos han explotado el campo con prácticas sostenibles. Ignora el urbanita que la dehesa, por ejemplo, es un maravilloso ecosistema modelado por el hombre con actividades como el pastoreo, el carboneo, la agricultura y, por supuesto, la caza, que es tan natural como la encina o el agua de los arroyos.

Pero la caza no es vista con buenos ojos. Tiene mala prensa la caza. Y buena parte de la culpa la tienen los propios practicantes de la actividad cinegética. En un mundo en el que la comida se vende de tal modo que es necesario hacer un esfuerzo de imaginación para convencerse de que las pechugas de pollo, las rodajas de salmón, las costillas de cordero y cualquier otro tipo de proteína fileteada y envasada alguna vez tuvieron vida, no se puede sostener la bondad medioambiental de la caza mostrando una catarata de imágenes en la que las perdices, los conejos, los venados, las palomas… caen en manadas, como si en vez de personas falibles, quienes disparan fuesen dioses con poderes de destrucción inconmensurables. Ni el rayo de Júpiter fue jamás tan certero como una ensalada de disparos servida por televisión.

Y la caza no es eso. Cazar no es matar. La muerte es y ha sido siempre el punto culminante de la cacerería, pero cazar es mucho más que capturar o abatir la presa. Si la caza se limitase a un ejercicio para aprovisionarse de carne, no patearíamos los cazaderos, cazaríamos en las carnicerías. Mucho más barato e infinitamente más cómodo.

Las imágenes, repetidas hasta la saciedad, de los disparos y de los animales inertes dispuestos en orden cuadrangular, como víctimas de una catástrofe, le hacen daño a la caza. El alarde, no pocas veces arrogante, del matador que posa a lomos de su trofeo no beneficia a la actividad cinegética.

No digo yo que haya que prohibir la filmación de esas escenas, pero sí estoy convencido de que es muy pernicioso utilizarlas como el estandarte de la actividad cinegética. Sobre todo en medios generalistas, especialmente el televisivo, que, al contrario de lo que ocurre con esta revista y con las demás publicaciones especializadas, llegan a casi todos los sectores de la población y causan un fuerte impacto entre personas que desconocen el mundo cinegético.

Una imagen vale más que mil palabras, asegura un proverbio chino, y una mala imagen causa más daño que mil palabras de elogio, añado yo. Especialmente cuando hay tanta gente empeñada en ir a la caza de la caza.

Y si no lo cree, piense en los galgueros, practicantes de uno de los sistemas de caza de liebres más naturales y ecológicos, que están siendo denigrados a troche y moche tras difundirse imágenes de galgos ahorcados o abandonados. En Ibiza y en las islas Canarias se practica otra modalidad de caza al diente, en este caso de conejos, con podencos ibicencos y con podencos canarios y, sin embargo, no se persigue a los podenqueros con tanta saña como a los galgueros.

Aun más, los cetreros tienen una altísima consideración social, a pesar de que, en esencia, hacen lo mismo que los galgueros y los podenqueros: ponen a sus pájaros tras la presa. ¿Pero alguien vio alguna vez un alcón colgado de una higuera?

Si usted continúa creyendo que el uso prudente de lás imágenes cinegéticas no contribuiría a frenar y reducir la mala prensa de la caza, fíjese en la pesca. Desde que las televisiones y los medios impresos hacen hincapié en la pesca sin muerte, los pesquiles parecen peanas sobre las que, caña en mano, se asientan santos milagreros. Y mire usted, mucho más cruel me parece a mí cebar las aguas para engañar a los peces con la comida y sacarlos del agua, para verlos, sólo para verlos, con la intención de soltarlos unos minutos después, que patear los campos para arriba y para abajo buscando perdices, liebres y conejos. Los peces deben de creer que en su charco ha caído el maná y comen confiados. Las liebres, conejos y perdices saben desde hace tres meses que mañana correrá la pólvora y, haciendo gala de su prudencia y de su sabiduría, huyen o se esconden.

Lo mismo deberíamos hacer los cazadores: disfrutar de la pasión cinegética con pruencia y sabiduría. Porque lo importante no es colgarse hoy una pieza más, sino contribuir a que mañana no haya una pieza menos para empiolar. Hay que defender la caza desde abajo, desde el cazadero, esforzándose en que produzca lo que la naturaleza permita sin convertirlo en una granja intensiva, ni mucho menos en una pasarela de especímenes desnaturalizados. Ante todo y sobre todo, la caza es algo natural.

Y hay muchas formas de defender la caza. Como guarda, como cazador, como promotor, como hostelero, como periodista o como editor, faceta esta en la que José Antonio Rodríguez Amado lleva 24 años de esfuerzo. Es difícil encontrar publicaciones que como las suyas – ‘Caza Extremadura’ y ‘Senderos’ - defiendan con tanto ahinco, durante tanto tiempo y con tanta constancia el mundo natural y la actividad cinegética como parte indisoluble del mismo. Me quito el sombrero y levanto mi copa para que mantenga su defensa al menos veinticuatro años más.

(Artículo publicado en la revista 'Caza Extremadura'.)

martes, 25 de julio de 2017

SÚPLICA CIUDADANA EXTREMEÑA


Pieeensa en miií
cuaaando mandes;
cuaando cobres,
también pieeensa en miií.
Cuando sientas que el poder
es caaarne de tu caarne,
cuando creas que tu cargo,
ese despacho o ese coche
se hicieron para tiiii.
Pieensa en mí,
si gobieernas,
si gobiernas,
por favor, pieeeensa en mí.



lunes, 17 de julio de 2017

La mitad del cuarto de escabeche


José Joaquín Rodríguez Lara


El calendario empezó a perder sus aristas, de gato sempiternamente erizado, el día que se popularizaron las conservas. Cortar el tiempo en rodajas dejó de tener sentido cuando todo empezó a llegarnos en lata, y luego, con la proliferación de las cámaras frigoríficas y la distribución de los alimentos a escala global, se marchitaron las hojas de los almanaques y las estaciones, los meses, las semanas y los instantes dejaron de ser jícaras de chocolate para convertirse en cacao en polvo.

 

Los días se hicieron puré; una papilla tan fina y homogénea que ni siquiera tiene grumos.


Hubo un tiempo en el que la gente se sentaba a la puerta de su casa para ver pasar las horas, o para recibir al coche de línea: el Brito, la Leda, la Estellesa... El tiempo giraba a su ritmo, con crujidos de cangilones en la noria de la vida. Era inútil apresurarse; todo tenía su momento y su lugar.


Se hacía la boca agua esperando que madurasen las brevas, contemplando el dorado de los melones, el tímido sonrojo de los tomates o el descarado envero de las uvas, tan abundantes que muchas de ellas terminarían colgadas de los palos del techo o en los alacranes de las bóvedas. Aquellos primero racimos, aquel estallido de las granadas, aquellas nueces y castañas, la carne recia de las zamboas... se disfrutaban con la intensidad efímera del deseo acariciado durante todo un año.


Estoy convencido, completamente seguro, de que fueron las conservas las que jubilaron a las cuatro estaciones de Vivaldi, para que pudiese nevar en agosto, porque, por entonces, ni siquiera había cambio climático.


Las cápsulas de hojalata y los arcones frigoríficos y las grandes cadenas de distribución posibilitaron hacer gazpacho en enero, comer uvas en marzo y celebrar los tosantos -con nueces, higos pasaos, membrillos y alguna granada- en abril.


Las conservas fueron la riada que se llevó por delante el calendario de los sabores. Al ver las conservas de ahora, con sus latas abrefácil en formato individual -tres sardinas, tres, sin cabeza y con la del medio de los Chichos acostada con los pies para arriba-, uno ya no está seguro de que su madre le mandase a 'ca Contador', tío-abuelo del ciclista, a por la mitad del cuarto de escabeche.


¿De verdad, vendía escabeche Contador? Y el escabeche que vendía Contador en su hermoso comercio de la calle San Juanes, de Barcarrota, ¿de qué era? Recuerdo trozos lustrosos, con espinas casi disueltas en el caldo, ¿pero de qué?

 

Poco importa. El ingrediente principal de aquella conserva no eran las tajadas, sino el escabeche.


No pasaba lo mismo con el tomate, que llegaba a la tienda de Contador en latas de cinco kilos. Aquel tomate no sólo no estaba escabechado, sino que tenía nombre. Se llamaba Tomate. Hasta tenía apellido con ínfulas: De Pera. Ahí es nada. ¡De Pera! Con el Tomate de Pera y el escabeche se preparaban unas cenas que yo aún me relamo...


Lo que ya no pongo en pie es si Pepe Contador utilizaba las mismas pinzas articuladas, de plástico, cuchara por abajo y tenedor por arriba, para poner en la balanza tanto el escabeche como el Tomate de Pera.

 

Eso sí, a la tienda había que llevar un plato, para que Contador, o su esposa o su hija mayor, te sirvieran la mitad del cuarto o el cuarto y mitad; la vida no daba para más. Pepe siempre completaba el peso con una cucharadita adicional de caldo. Daba lo mismo que fuese de escabeche o fuera de tomate. Ese pocillo de sabor era su firma.


viernes, 30 de junio de 2017


En Almendralejo tuestan el pan



José Joaquín Rodríguez Lara


Almendralejo se ganó el título de ‘ciudad del cava’ y lo pregona con orgullo, coronando con acero calado varias de sus rotondas. Es una pasión tribal, pero legítima, pues ‘la ciudad de la cordialidad’ se encaramó a pulso al trono de los cavas y eso –innovar, crecer, conquistar mercados y disfrutar reinados- tiene mucho mérito si ocurre en Extremadura.

Pero igual de legítimo sería que Almendralejo presumiera de ser ‘el pueblo (vulgo ciudad) de las tostás’. (Vulgo tostadas.) Otro título que el municipio también se gana a pulso cada día. Y es que en el ‘reino del vino’, en la ‘capital de Tierra de Barros’, en el ‘paraíso de los melonares’, en la ‘ciudad del cava’, en la ‘capital de las tostás’ hay tostadas para desayunar cien veces cada día. Sin repetir el menú.

Pocas ciudades pueden ganarle a Almendralejo en la variedad, cantidad y calidad de sus tostás. Hay restaurantes de tronío con cartas menos extensas que el repertorio de tostás que ofrecen algunos establecimientos de esta localidad extremeña.

Y no es un bar o dos, ni en esta o en aquella cafetería. Ocurre en muchos establecimientos. Y no sólo en una o dos calles sorprendentemente desalineadas. En todo el casco urbano y hasta en el extrarradio, allí donde las aceras se amartelan con las viñas en una lujuria de pámpanos.

Están las tostás típicas extremeñas, de cachuela, caldillo o pringue colorá, que todo viene a ser lo mismo. Pero pides una y te pregunta la camarera si la quieres molida, como paté, o con el hígado trozeado. “A mí tráigamela con cachos”. Y te traen una tostá redonda que sabe a gloria y huele a chimenea de pueblo. Esto ocurre en el Alberti. Claro que, enfrente, al otro lado de la carretera de Aceuchal, está el bar del restaurante Los González, en el que hay tal variedad de tostás que te puedes morir de hambre dudando con cual de ellas saciarás hoy tu apetito.

En los González las tostás se hacen con libritas, que es el pan de toda la vida, afirma muy serio el más que eficiente camarero, con la insobornable seguridad de quien cree que el mundo entero es un barrio de Almendralejo.

La librita es un pan redondo al que se le puede poner encima casi de todo. Incluso cachuela con cachos de hígado. La tostá con pan de librita más famosa y más demandada en Los González es la Bechamel. Está buenísima, pero no puedo asegurar que sepa mejor que las demás, pues a dos libritas por día con sus correspondientes cafés, aún me quedan muchos desayunos para hablar con suficiente conocimiento de causa sobre la carta de tostás de Los González, de el Alberti, de La Tacita y de todos los bares tostaeros que hay en Almendralejo. Todavía ni siquiera he tenido tiempo de entrar en El Abuelo.

 

En algún caso ni siquiera hay que entrar, pues es el bar el que sale a la calle colocando en las aceras fotografías de sus tostás, como si fuesen pizzas en librita o platos combinados. Es su bandera. La enseña de los puestos fijos-discontinuos en los que venden sandías coloradas y melonas amarillas es la roja y gualda, la de España.


Bechamel, una tostá que despierta pasiones. (Imagen robada de Internet.)

Otra cosa me ha llamado la atención de los pocos bares de Almendralejo en los que he podido desayunar hasta ahora: tuestan el pan. ¡Como lo está leyendo! ¡¡¡Lo tuestan!!! No lo queman. No hay que rasparlo para eliminar lo negro, esos ribetes carbonizados que, en unos segundos, pasan de apetitoso alimento a detonante cancerígeno. En el ‘pueblo de las tostas’ tratan al pan con mimo, en vez de abandonarlo en el fuego y no acordarse de él hasta que ya está a punto de incendiar el infierno. Se ve que en la ‘capital de las tostás’ saben tostar el pan. Y un pan correctamente tostado, sea librita, mollete, rebanada o lo que fuere, es la base de cualquier buena tostá. (Vulgo, tostada).


miércoles, 17 de mayo de 2017

Vara y su lobby feroz


José Joaquín Rodríguez Lara


Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura, ha reiterado su intención de constituir un 'lobby' (un grupo de presión) para que apoye intereses extremeños sobre el ferrocarril y otras vergüenzas patrias. Lo ha dicho en Cáceres, el día 17 de mayo, y ya había dicho lo mismo en Portugal a finales de noviembre del año 2016.

Sendas declaraciones me reafirman en mi creencia de que el mero anuncio de medidas políticas no tiene el porqué causar, por sí mismo, los efectos que se pretenden conseguir. Salvo que lo que se pretenda sea una perfumada lluvia de titulares informativos. 

Me llama la atención que el presidente extremeño anuncie a bombo y platillo, siempre en actos de alta repercusión mediática, la 'constitución' de un 'lobby extremeño'. Los 'lobbies' no son instituciones ni entidades ni tienen personalidad jurídica propia, así que no se 'constituyen'. Los 'lobbies' son grupos de presión que funcionan o no. Si no funcionan, no existen. Y, cuando actúan, lo hacen con tanta firmeza como discreción. El hecho de anunciar su 'constitución', como ha hecho Vara, les aporta ruido y les resta eficacia.

Sorprende que el presidente Vara haya tardado tanto tiempo en darse cuenta de que hay que tener amigos hasta para presionar. El expresidente Ibarra tenía a Guerra, aunque tampoco le daba mucho fruto, y Vara podría tener a ¿Susana?, ¿a Patxi?, ¿a Pedro?... Ante la duda, ha decidido buscar el apoyo de altos ejecutivos de empresas. Extremeños que triunfan, fuera de Extremadura, claro, y que van a tratar a Vara con su propia medicina: ni un no, ni una mala palabra, ni un mal gesto, pero poco, muy poco, casi ningún fruto.

Las personas que integren el pretendido 'lobby' de Vara, apoyaran los intereses extremeños cuando no vayan en contra de sus propios intereses y de los de sus empresas. Vamos, que para semejante viaje no hace falta constituir nada. Basta con una llamada telefónica.

Pero con todo, lo que más sorprende es que Vara anuncie su deseo de constituir un 'lobby' para defender los intereses de Extremadura y se olvide del grupo de presión que los extremeños constituimos en las últimas elecciones generales, en junio de 2016, en las que le dimos al PSOE cuatro hermosos escaños, cuatro, cada uno ocupado por un lobo o una loba parlamentaria.

¿Está más obligado a defender los intereses extremeños el director del diario deportivo Marca, por ser natural de Don Benito, que las dos diputadas y los dos diputados extremeños del PSOE? ¿Tiene más poder 'de presión' el alto ejecutivo de una empresa con sede en Madrid que un diputado socialista en un Congreso gobernado por una derecha sin mayoría absoluta? ¿O es que los parlamentarios extremeños del PSOE se esfuerzan en defender sus intereses, en primer lugar, después los de su partido y facción, luego el de sus electores y, por último, si cabe, apoyan los intereses de la ciudadanía extremeña en general?

Tal vez crea usted que cuatro diputados, cuatro, los cuatro extremeños y del PSOE, dan para poca leche. Pero fíjese usted como ordeña a Rajoy, y por ende a casi todos los españoles, un diputado, sólo uno, que representa a Canarias y que, para más asombro, llegó al escaño en las listas del PSOE. 

Este diputado canario, natural de Caracas para más señas, sí que es un 'lobby' feroz mamando de los Presupuestos Generales del Estado. Como se lo proponga, llevará el AVE hasta las islas Canarias.

martes, 9 de mayo de 2017

-No hay mayor muestra de soberbia 

que hacer alarde de humildad.


Una huerta de la señorita Pepis


José Joaquín Rodríguez Lara


El huerto no es de Renato, es de la señorita Pepis. Todo en él es de juguete. Todo es diminutivo. "Tubito", "plantita", "marquito", "navajita", "olorcito", "calorcito", "pedunculitos", "puñadito", "picaíto", "capitas", "cascaritas", "poquito", "bandejita", "manojito", "ramitas", "esquinita", "nudito", ...
 
Si al menos Renato y su padre, Fernando, además de Jordi, tercer pie del taburete hortícola televisivo, utilizasen la terminación en 'ino', tan característica de Extremadura, el uso intensivo de los diminutivos en este programa de Canal Extremadura sonaría menos artificial y, sobre todo, bastante menos empalagoso.

Extremadura tiene algunas de las huertas más extensas del mundo; están en las vegas de sus ríos, especialmente en las del Guadiana. Por su extensión, las huertas de las vegas extremeñas, con surcos grandes, muy grandes, kilométricos, sólo admiten comparación con cultivos hortícolas como los de California, en Estados Unidos. 

Pero 'El Huerto de Renato' no está diseñado para la explotación del campo extremeño. Es pura distracción. 

Aunque a veces la cámara enfoque a la tierra, 'El Huerto de Renato' es un huerto de tiesto y terraza. Todo en él es reducido, minimalista. Todo menos el diferencial entre el coste -no se escatiman medios- y el valor de la cosecha. Y este desfase, en una región rural, agraria y que malvive del campo, chirría mucho. 

Si los extremeños fuésemos urbanícolas, en vez de campesinos, chocaría menos.

Esto de que la horticultura de ficción sea más rentable que la auténtica es difícil de asumir y de sobrellevar.

Me pregunto si 'El Huerto de Renato' produce algo que se pueda comer. Aunque sea algo 'pequeñito'.

domingo, 7 de mayo de 2017

-En los extremos de la política, 

preocupa muchísimo más la robustez electoral 

del polo opuesto, 

que el descrédito propio entre el electorado.


La mujer que nos bajó del árbol


José Joaquín Rodríguez Lara


Hay tanta madre hoy, 7 de mayo del año 2017, en Facebook que pudiera parecer que sólo nos acordamos de la madre el día que truena la publicidad. 


Pero no es así. 


A la madre la invocamos continuamente. 


'La madre que te parió', decimos para bien y para mal. Con un ¡ay mi madre! mostramos nuestro asombro y nuestro miedo. Y con un ¡madre mía, madre mía!, nuestro alivio. 


La madre es el origen de todo. De todas las batallas y de todas las paces. La madre es el mejor invento de la naturaleza: engendra, cuida, enseña, consuela y lo da todo hasta el final pasando de ser madre a convertirse en abuela. 


Sin madres no existiría el mundo. Y sin abuelas, los seres humanos estaríamos aún encaramados en los árboles.


martes, 25 de abril de 2017

El Altozano de Barcarrota

José Joaquín Rodríguez Lara


El Altozano guarda aún el aroma de las jeringas enhebradas en los juncos, la algarabía de los juegos -el triángulo, la bilarda, la roli, los platillos (nate, zate y colate), los chinches, los bolindres ("Polvorones, Risqueño, polvorones"), las siete y media...-, la voz del vino corriendo de vaso en vaso tras el portalón de El Chupito, la brisa marina del bacalao guillotinado en el comercio de ¿Cuatroojos?, las estremecedoras serenatas, en completa soledad y casi ciegas, de Camilo mientras balanceaba el torso sentado en el umbral de los Sánchez, los gurugú de los pavos de Calvino persiguiendo bichillos por el suelo, la alta letanía de los bachilleres pastoreados por Enrique bajo la superior supervisión de don Hilario, y la fuente, siempre la fuente del Altozano, reina coronada de cántaros y cañas amarillas, midiendo el curso de la vida con su eterno reloj de agua.

 

Si yo, en este momento, ahora mismo, pudiese recuperar aquellas palabras, aquel gesto, aquella mirada y, sobre todo, aquel silencio que me abrasó los labios con el hierro candente de tu nombre...


Te hablé con los ojos mientras te ibas, pero hay tantas cosas que nunca te dije, tantas, que necesitaría otra vida para sacarlas de mí. 


Si pudiera seguir amamantándome en los cuatro caños de la fuente, jugar en los cuatro rincones de la plaza, hacer equilibrios sobre las cuatro barandillas de hierro pulido por las caricias...  Si aún estuviéramos allí...


Inolvidable Altozano de mis ausencias, corazón de mis días, relicario de mi memoria.


viernes, 14 de abril de 2017


La espera



José Joaquín Rodríguez Lara


Noche de Viernes Santo en Salvatierra de los Barros. Ni el aire se mueve. El cielo, de terciopelo negro, le presta su manto a La Soledad. Las estrellas velan en silencio, sin atreverse a mostrar su inquietud con algún parpadeo. Aunque sea leve. En un huerto, como si fuera un monaguillo con matraca, suena un grillo que reta a sus congéneres sin obtener respuesta. Un poco más lejos, un perrillo ladra sin demasiada convicción. Y no hay más. Ni siquiera se ven navajas fugaces abriendo chirlos de luz en la cara del firmamento. Noche de Viernes Santo en Salvatierra de los Barros, noche hundida en el silencio. Se diría que la vida mira al campanario, anhelando el repique de campanas para recuperar el aliento.




miércoles, 5 de abril de 2017

Teléfonos de guardia


José Joaquín Rodríguez Lara


Madrid, domingo, 2 de abril del 2017, año de Nuestro Señor. A las (me reservo la hora) y 29 minutos, el Paseo de la Castellana respira tranquilidad. Hay pocos vehículos todavía y por los bulevares de la gran avenida capitalina empiezan a trotar los atletas sin dorsal que huyen de su sombra.

 
También hay perros, teckels, gran danés, schnauzers, kerry blue terrier, piccolo levriero italiano, shiba inu y hasta perros sin marca que tiran de sus amos paseándolos por el césped entre deposición y deposición. Aquí y allá picotean un puñado de palomas torcaces, mucho más mansas y confiadas que las domésticas palomas zuritas. Y allá y más aquí se ve a parejas veteranas y hasta a personas ancianas asistidas por lazarillos que absorben con fruición los rayos del segundo sol abrileño.


Está muy agradable el día. A lo largo del tándem que forman el Paseo de Recoletos y la Castellana lucen con galanura las banderolas que anuncian una exposición, sobre el arquitecto Rafael Moneo, en el Museo de la baronesa Thyssen-Bornemisza. Un detalle de los arcos que configuran la falsa nave transversal del Museo Nacional de Arte Romano, de Mérida, una de las obras más importantes de Moneo, ilustra la cartelería.

 
Hay viandantes que se detienen a acariciar, a olisquear y a fotografiar los racimos de la glicina que cubre con una catarata de flores blanquiazules la verja de la Fundación BBVA.

 
Muchos centenares de metros más arriba, en torno al estadio Santiago Bernabéu, también desparraman su perfume blanquiazul los puestos ambulantes en los que se venden bufandas (de Cristiano, de Isco, de Milan) camisetas y hasta toallas del Real Madrid. Hay partido y el coliseo merengue, uno de los museos más visitados y caros de Europa (24 euros cuesta el tour completo y 14 te cobran por la mitad, Florentino, ya te vale), espera al Alavés.


En la acera de enfrente, en El Corte Inglés, venden huevos de oca. A casi 10 euros la collera, que tampoco es moco de pavo. Los venden en unas cajitas modelo 'delicatessen' y te incitan a comprarlos invitándote a darte un festín de sabor.


Con todo, lo que más me sorprende de este abigarrado paseo castellano es un guardia civil, un agente de la Benemérita, que a esas horas y 29 minutos hace como que hace guardia en la acera, en una puerta del Ministerio del Interior.


Es delgado, mide en torno al 1,80, tiene el fusil terciado sobre el pecho y el abdomen, con la bocacha encañonando al suelo, y no se distingue si es joven o veterano porque permanece con los ojos y la cara entera y todos sus sentidos clavados en un teléfono móvil que sostiene con la mano derecha. ¿Está consultando la hora para saber cuánto falta para que le llegue el relevo? No creo, porque la hora se consulta en un instante. ¿Le ha enviado un mensaje su sargento? No es probable. Si el centinela necesitara recibir mensajes de sus mandos o enviárselos sería mucho más práctico y eficaz hacerlo a través de un pinganillo y de un micrófono. Entonces, ¿qué esta haciendo este agente de guardia ante una puerta del Ministerio del Interior a las y 29 minutos?


Pues esta claro: consulta su móvil. Y lo hace con verdadero embeleso. La pantalla del teléfono es su mundo en ese momento. Su atención a lo que pasa en la calle está suspendida. Es un centinela en stand-by.


Me choca la escena porque en el servicio militar aprendí que pocas cosas hay más serias que una guardia, en la que no pueden admitirse distracciones que sumen un peligro adicional tanto para el centinela como para las instalaciones que custodia. Me asombra que no se pueda consultar el teléfono mientras se conduce y sí pueda hacerse mientras se monta guardia en la calle, delante de una puerta del Ministerio del Interior. Imagino a un cirujano atendiendo la llamada de su sastre mientras opera a corazón abierto a una paciente castellana y me sobresalto. Tal vez no esté prohibido, e incluso forme parte de la uniformidad reglamentaria de la Guardia Civil, pero consultar el teléfono mientras se hace como que se hace guardia con un arma en plena calle no me parece ni ético, ni estético, ni tampoco aconsejable. Lo digo como lo siento.


Pero no crea usted que el comportamiento de este agente es una excepción. El mismo domingo, unos metros más abajo, en la Plaza de Cibeles, en la acera contraria, varias horas después, a las y 15 minutos, me acerco a un policía local que realiza su servicio en una puerta de acceso al ayuntamiento de Madrid, para preguntarle por una dirección, y el policía, que percibe mi presencia sigue tecleando en su teléfono móvil hasta que me detengo ante él, ya bajo los muros de la casa consistorial madrileña, levanta la cara y me pregunta: ¿qué desea?


Pues señor guardia, lo que yo desearía en estos momentos es que su madre, o su alcaldesa, no le permitiera consultar el teléfono móvil mientras está usted de servicio. Y lo mismo digo del padre, o del ministro, del guardia civil. Aunque esté permitido, no me parece conveniente. Y, con absoluta sinceridad, no me tranquiliza su idea de que Madrid es una ciudad tan segura que hasta se puede consultar el teléfono móvil mientras se hace guardia en la calle.




viernes, 24 de marzo de 2017


FASES.-


ADMIRACIÓN: Su seguidor.


DEVOCIÓN: Súper seguidor.


ADORACIÓN: Su perseguidor.


miércoles, 22 de marzo de 2017

- Las palabras son los glóbulos sonoros que llevan

el viento de la vida a través de las venas de la existencia.


lunes, 6 de marzo de 2017

Hay un bicho en el pastel


José Joaquín Rodríguez Lara


Soy goloso, pero no me comería un pastel en el que hubiese un bicho. Aunque fuese un bicho insignificante.


Tampoco iré a ver la película.


Porque dentro hay un bicho. Aunque sea un bicho de reparto, de poca enjundia.


No compraría pasteles en una pastelería en la que hubiese bichos. Aunque fuesen bichos pequeñitos y no estuviesen en todos los pasteles; aunque el responsable de que haya un bicho en el pastel que me apetece sea una persona y no toda la plantilla de la pastelería.


Creo que lo grave no es el tamaño o la importancia del bicho. Lo importante es la mala praxis empresarial. Lo importante es que saquen a la venta un pastel en el que se ha colado un bicho. Lo importante es que, al comprarlo y al comértelo, le quitas importancia a una actuación política que fomenta el odio.


Denigrar al bicho para salvar el pastel me parece un error. Lo importante no es salvar el pastel ni a la pastelería. Lo importante tampoco es aplastar al bicho. Lo importante es decirle con rotundidad a los reposteros, que si siguen horneando pasteles con bichos dentro se los van a comer ellos. Los bichos y los pasteles.


Y hay que decírselo con firmeza y en voz alta, porque los reposteros de este país o son sordos o están tontos o creen que los tontos y ciegos y sordos somos nosotros.

 

No sólo somos sus clientes, sus principales clientes, sus únicos clientes la mayoría de las veces, además cofinanciamos sus productos vía impuestos, a través de subvenciones. Sin olvidarnos de las inversiones que hacen las empresas de televisión, tanto públicas -dinero que es de todos-, como privadas, que viven de los ingresos publicitarios que les llegan porque nosotros nos sentamos frente al televisor. Y encima, pasamos por la taquilla de la pastelería. 


A pesar de que somos su mercado, una vez tras otra, nos venden pasteles con bichos dentro.

 

O nos desprecian o quieren envenenarnos.


sábado, 4 de marzo de 2017

El ocaso de las pilistras


José Joaquín Rodríguez Lara


No hay en el mundo maceta que haya hecho más pasillos que las pilistras. También es la que más veces lloró bailando bajo la lluvia en el aire cuadrangular de los patios.


La Real Academia Española llama aspidistra a la pilistra, pero no hay que tenérselo en cuenta. Tampoco llama maceta a la maceta, sino que usa la palabra maceta para denominar a catorce cosas distintas, a cada cual más estrafalaria. La Real Academia no sabe de pilistras ni de macetas. ¡Qué se le va a hacer!


Las pilistras nacieron para hacer guardia en el pasillo, como "civiles jamás floridos", según dice el verso de 'La tierra al fondo', mi primer libro. Tapizan con sus grandes hojas los zaguanes, flanquean de verde los recovecos de la avenida doméstica y le dan vida a la cal, al ladrillo, a la piedra y a la penumbra de los soportales interiores.


Es la suya una vida humilde, modesta, callada. La pilistra es la resignación hecha maceta. Hermana del silencio, hija de la sombra, amante del sosiego, almohada de las horas.


Nadie se adorna con una hoja de pilistra. Nadie la lleva al centro de la mesa o la utiliza para cortejar. La pilistra es un ser condenado a pasar desapercibido en la luz tamizada de su cenobio. Incluso cuando tienen la suerte de vivir en un patio, coronando de verde el surtidor de una fuente, los ojos se van a la dulzura de los geranios, a la pasión del clavel, al hipnótico aroma de la rosa, a la seducción anochecida del jazmín... ¿Quién se fija en la pilistra?


Para que la pilistra salga al aire libre de los corrales o a la ventolera de las calles, tiene que estar lloviendo o ser el día del Corpus. Entonces, a veces, sí. Cuando llueve se permite que las pilistras abandonen la férrea formación de sus puestos de guardia y se agrupen, para bailar y acicalarse las hojas, bajo los goterones que les escurren por las carnes de las corvas. A las pilistras les gusta la lluvia. Pero no tardan en volver a su cuartel, al pasillo, donde, firmes sobre sus tiestos, las pilistras rumian las horas, en pie, con la cabellera recogida por un galón que hace las veces de cintillo, esperando que, con un poco de suerte, las saquen a la calle para flanquear el paso de algún desfile procesional. Tienen entonces la ocasión de compararse con las pilistras de la vecina. Esta tiene más hojas, a esa le sobra tiesto, a aquella le han metido la tijera para eliminar las puntas secas de su verdinegra melena...


Hubo un tiempo en el que las pilistras eran las reínas de las macetas. Se comerciaba con ellas, voceando, a duro la hoja, púas aparte, como si fuesen artículos de primera necesidad. De una matrona verde y lustrosa se hacían hasta tres, partiendo con sapiencia su cepellón para incrementar las ganancias. Las pilistras iban de casa en casa, con el tiesto apoyado en la cadera de las mujeres -muchas de ellas gitanas-, mientras se pregonaban sus bondades, se contaban su hojas y se regateaba su precio.


Ese tiempo ya pasó. Lo arrastró el viento. Se fue, lo mismo que el pastoreo de los pavos para Nochebuena, y ahora no es fácil encontrar una buena pilistra, experta en procesiones, que esté en venta. A euro la hoja, púas incluidas. Las mejores siguen haciendo guardia en los zaguanes, en los pasillos y los patios interiores de las viejas casas solariegas. Pero no se venden. O se venden con la casa, como si fuesen los pilares que sostienen las bóvedas. En las floristerías hay rosas de pitiminí, abundan las orquídeas y el cyclamen, se ven hortensias, azaleas... Las pilistras son tan resistentes, duran tanto las pilistras, que debe de resultar un mal negocio ponerlas en el escaparate. Si al menos se pudieran vender con el bicho que se las come incorporado, como se hace con los geranios.


jueves, 2 de marzo de 2017


Policías ignorantes


José Joaquín Rodríguez Lara


El artículo 3.1 de la Constitución española de 1978 no deja el menor resquicio a la duda: "El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla."


Cuando la Constitución dice "todos los españoles" se refiere a todos los españoles. Incluidos los aspirante a ingresar en la escala básica de la Policía Nacional, pero al Ministerio del Interior debe de importarle un bledo lo que diga la Constitución sobre la obligación que tenemos "todos los españoles" de conocer "el castellano".


Sólo así se explica que el Ministerio que lidera Juan Ignacio Zoido, con raíces extremeñas, y la Dirección General de la Policía, que encabeza el pacense Germán López Iglesias, hayan anulado una prueba integrada por cien palabras castellanas sobre las que las personas aspirantes a convertirse en agentes de la Policía debían decir si estaban bien o mal escritas.


Al parecer, los examinandos consideran que esa prueba ortográfica, entre las que hay términos como 'cascabel', 'claraboya', 'biquini', 'carriño', 'cián', 'aruñar', 'yuyo', 'champurrear' y 'diunvirato', era demasiado difícil para ellos. La prensa dixit.


El Sindicato Unificado de Policía (SUP) asegura que la prueba no evaluaba "el nivel de competencia de los alumnos" e incluía términos que "jamás se utilizan en la labor policial y son de uso reservado a eruditos".

¿Nivel de competencia? ¿Puede considerarse competente a quien desconoce el idioma en el que debe comunicarse tanto verbalmente como por escrito?


¿Eruditos? ¿El artículo 3.1 de la Constitución "todos los españoles tienen el deber de conocer"... el castellano sólo obliga a los eruditos, es decir, a las personas instruidas en varias ciencias, artes y otras materias? Los policías qué son, entonces, ¿no instruidos? ¿Son ignorantes de oficio? ¿Hay que seleccionar a los futuros agentes de la Policía Nacional entre quienes no dominan el castellano? ¿Y hay que hacerlo en un país llenos de filólogos y otros titulados universitarios, de letras, que no encuentran empleo?

¿Acaso la Policía habla con una jerga propia, ajena al castellano en el que se comunica el resto de la población española? ¿A qué aspiramos, a ser cada día más cultos o a vivir en un país de zopencos?


La anulación de esta modesta prueba ortográfica, que superarían sin problemas millares de alumnos de Secundaria, sin necesidad de haber brillado en un campeonato de ortografía, me recuerda al viejo caso de la Maja Desnuda de Cáceres, protagonizado por un policía local cacereño, el cabo Píriz, que ordenó retirar del escaparate de una librería una lámina que reproducía el famoso cuadro de Goya, ya que, según el mencionado agente, causaba escándalo público.

Colgada en el Museo del Prado, la Maja desnuda (98 x 191 centímetros) es una obra de arte, pero reproducida en formato muchísimo más pequeño y colocada en el escaparate de una librería cacereña, la Maja no era una obra artística, era un escándalo inadmisible. Se ve que el cabo Píriz no era un erudito. Él sólo era un policía y sólo sabía de cosas de la Policía.


Desapareció el franquismo, casi se olvidó el caso de la Maja Desnuda de Cáceres, pero he aquí que los aspirantes a policías y sus dirigentes sindicales y los responsables de la Dirección General de la Policía y del Ministerio del Interior siguen anclados en la órbita geoestacionaria de la ignorancia preconstitucional.

Alguien que no sabe como se escribe cascabel, ni cian (sin acento) ni biquini ni otras palabras que, si están bien escritas, tienen asiento en el diccionario, no debería recibir un sueldo público al amparo de una Constitución que se pasa por el forro (sinónimo de funda) de la pistola (sinónimo).


- Estamos archivados en el calendario.


- Soy tan mayor que ya sólo conservo fósiles en la memoria.


lunes, 27 de febrero de 2017


Viejos para el empleo, jóvenes para la jubilación


José Joaquín Rodríguez Lara


Tengo 60 años largos y no me importaría jubilarme a los 70, como parece que propone el ex presidente José María Aznar.


Sería una demostración de que para entonces aún estaría vivo y con ánimos para seguir en activo.


A cambio sólo pido que este sistema y esta sociedad, que todavía no me deja jubilarme, por lo menos me deje trabajar.


Que eso es precisamente lo que quiero: trabajar.


La Administración, tan comprensiva con la ciudadanía que sufre discapacidad o es inmigrante o tiene dificultades para pagar la luz o el alquiler, debería mostrar un poco de sensibilidad con las personas mayores de 55 años que buscamos pero no encontramos empleo porque las empresas nos rechazan y la Administración no tiene en cuenta nuestra lamentable situación.


Que se obligue a las empresas, a todas, a reservar un porcentaje de sus contratos para personas mayores de 55 años.


Y que la misma Administración, en sus convocatorias públicas de empleo, reserve otro porcentaje para aquellas personas que sin ser cojas, ni sordas, ni mancas, ni ciegas, ni padecer un síndrome físico o mental que merme sus posibilidades para acceder al empleo, sufrimos la mayor de las discapacidades: ¡SOMOS MAYORES!


Tenemos ganas de trabajar, pero no nos dejan porque ¡SOMOS MAYORES!


Poseemos experiencia laboral, pero no nos dejan aplicarla porque ¡SOMOS MAYORES!


Todavía podemos aportar mucho como trabajadores, pero no nos dejan hacerlo porque ¡SOMOS MAYORES!


Entonces, ¿tenemos que jubilarnos ya?


¡NO, PORQUE AÚN SOMO JÓVENES PARA LA JUBILACIÓN!

 

Tenemos que esperar algunos años a ver si, con un poco de suerte, nos morimos y el sistema se ahorra nuestra pensión.

 

Eso sí, los políticos, los banqueros, los agentes de policía, los maestros de escuela y otros funcionarios se jubilan a los 60 años o antes, sin necesidad de acercarse a los 70 que propone Aznar.


En este país, cualquier día va a ocurrir una tragedia de telediario y pagará las consecuencias quien menos se lo espera.


jueves, 23 de febrero de 2017

- El Sáhara se desangra en goterones de barro sobre España.
 África siempre nos llega pasada por agua.


El tren que nos lleva



José Joaquín Rodríguez Lara


Querida Lucía:

Llevo años deseando escribir esta carta sin conseguir ni siquiera garabatear tu nombre en el papel. Hoy, no sé bien el motivo, mis manos parecen estar libres y puedo, por fin, dibujar una tras otra las cinco letras más bonitas del abecedario: L u c í a.

Yo siempre te llamé Luci, ya lo sé. Pero, con los años, tu nombre fue creciendo dentro de mí y de aquel Luci dulzón, cariñoso, infantil y casi clandestino, he llegado a sentirte una Lucía con todas las letras, tan viva y vibrante como la luz que abre el día, aunque yo no esté ya en tus amaneceres. Bueno, en realidad nunca lo estuve.

Pero no temas, no quiero molestarte. No pretendo tontear contigo, ni es mi intención despertar en ti antiguas ilusiones, si es que aquel beso, tu primer beso, mi primer beso, fue algo más que una caricia de críos, de compañeros de clase arropados por la complicidad de una bombilla rota en la esquina de tu calle.

Ahora puedo decírtelo. La rompí yo. Fue al tercer chinotazo. Llevaba un puñado de piedras en el bolsillo y cargué con ellas la pedrera del tirador. Pero no la rompí para ocultarnos de las vecinas. No. Tampoco lo hice con la intención de aprovechar la oscuridad para acercarme a tus labios. ¡Qué va! La rompí por rabia. O por celos. Ya no lo sé bien. En aquel recodo del pueblo había una luz y vivía una Luci, mi Luci, y yo sólo tenía ojos para ti. Todo lo demás me estorbaba. La bombilla, también.

Por favor, no te rías de mí. Y si lo estás haciendo ahora, que sea sin maldad. Ríete con la risa limpia con la que entonces afrontabas los contratiempos de aquellos años.

No sé el porqué te cuento estas cosas, Lucía. No era de esto de lo que yo quería hablarte. No llevo esperando treinta y siete años con el folio en blanco para confesarte ahora que fui yo quien rompió la bombilla de tu esquina y que, por lo tanto, también soy yo el responsable de los traspiés y de los miedos que la oscuridad produjese en los vecinos de tu calle. Si te lo cuento es por volver a la antigua vereda de las confidencias. Entonces nos lo contábamos todo. ¿Te acuerdas?

Bueno, todo menos lo de la bombilla. Decírtelo me daba no sé qué. Y, además, Joaquín, el Litri, la repuso enseguida. Ni un mes estuvimos a oscuras.

A veces me pregunto qué hubiese sido de nosotros dos si mi padre no hubiera encontrado trabajo en Bilbao. ¿Seguiríamos todos en el pueblo? ¿Yo sería ahora albañil, como Miguelito, o chófer de la LEDA, como el Eusebio, o funcionario municipal como Serafín? A Maguilla siempre se le dio bien el papeleo. ¿Te acuerdas de que al principio era él quien te llevaba mis cartas? Cosillas enganchadas a lápiz en la cuadrícula de las hojas de la libreta. Pero eran mis cartas. Las primeras que escribí.

La primera la rompiste sin haber llegado a leerla. Me lo contó Serafín hinchando los carrillos. “Así puso los belfos la Luci, así. Y los ojos, como las cabras del tío Mijares. Esa niña no te quiere. Te lo digo yo”. Creo que Maguilla te cogió miedo desde entonces. Y eso que, como las cartas no tenían sello, me cobraba una perra gorda por cada una que te llevaba. Figúrate, un dineral de los de aquella época.

Pero ni entonces me escoció pagarle ni ahora me avergüenza confesar que lo hice. Le aboné a Serafín sus oficios de cartero y le pagué con gusto. En aquella época, escribirte me resultaba fácil, aunque no tuviera nada nuevo que contarte, porque nos veíamos cada día. En cambio, ahora… No acierto a decirte lo que me bulle dentro.

A veces, en casa, le he oído contar a mi madre que fulanito y citranita están “hablando”. A mí siempre me ha llamado mucho la atención eso del ‘están hablando’. “Y por qué hablan, mama”, pregunto yo. “El porqué va a ser, criatura, porque son novios.” “Y qué se dicen”, mama. “Pues qué se van a decir, ‘almadiós’, pues cosas de novios”.

Siempre me quedé con las ganas de saber qué tiene que decirle un novio a una novia cuando ‘hablan’ porque son novios. ¿Qué tenía que decirte yo a ti para que nos pusiéramos a hablar como novios? Aunque hablásemos a través de cartas escritas a lápiz en hojas de libreta.

Yo quería ser tu novio. La verdad es que sentía que ya lo era. Pero nunca supe si tú te sentías mi novia. Te lo iba a preguntar, a declararme, supongo, pero justo entonces llegó al pueblo tu primo el de Madrid y tú te pusiste tontina y yo tonto perdido y nos enfadamos y pasó la feria y todo se precipitó.

Te busqué en la plaza y en tu calle y en la iglesia… Y no te vi. Paqui, la de Elvirina, me dijo que estabas mala, y Conchi Méndez me contó que habías sido mala y estabas castigada. ¿Mala tú? ¿Qué habías hecho, Lucía, para que no te dejasen salir de casa ni para ir a misa?

Saqué la libreta, afilé el lápiz, te escribí tres cartas más y Maguilla me las devolvió una a una por ‘ausencia del destinatario’, según decía él, muy profesional en su papel de cartero. Me devolvió las tres cartas, pero se quedó con las tres perras gordas. Ni siquiera se las reclamé. Le hubiese dado hasta un real, o una peseta, incluso diez reales o un duro de mi abuela con tal de que Maguilla te hubiese entregado mi carta. Mi última carta. Aquella en la que te contaba que mi padre había encontrado trabajo en Bilbao y que nos íbamos, pero que no me olvidases porque volveríamos para la feria o para los tosantos o algún día, y yo jamás iba a olvidarme de ti.

¿Cómo iba a imaginar que ya no volveríamos a vernos nunca más? ¿Cómo iba a suponer yo que mi padre cambiaría definitivamente las mulas por los ascensores? ¿Quién iba a decirme a mí que yo iría a la escuela de Barakaldo –entonces se escribía con ‘ce’- sin el tirador y sin un buen puñado de chinotes en el bolsillo del pantalón?

En Barakaldo, mi padre se revisaba y se recortaba las uñas cada día. A mi madre se le blanqueó el cutis, porque lavaba la ropa dentro del piso, con polvo de saquito que venía en cajas de cartón, lo mismo que las galletas, en vez de junto al pozo, con jabón y caústica, como se había hecho toda la vida. Hasta nos compró un cepillo de dientes para cada hermano y, todos, todos los domingos comíamos arroz con pollo. Pero no pollo del pueblo, no; pollo de Barakaldo, sin plumas, ni aleteos en el suelo, ni sangre cuajada en el cuchillo, ni molleja, ni patas, ni cabeza. Un pollo de comprar y comer, porque la vida nos había dado tantas vueltas en Bilbao que iba por delante de nosotros, marcándonos el paso.

Fue como subir a un tren y no poder bajarse de él ni siquiera después de haber muerto. Mi pobre padre está enterrado aquí. Mi madre vive conmigo, pero ya no podemos alejarnos de su lápida. Durante estos años hemos ido de estación en estación. Conocí a mucha gente. Me casé. Tengo hijos. Cualquier día me harán abuelo. He sido feliz, todavía lo soy, en la medida en la que se puede ser feliz encerrado en un tren que tú no diriges. Me hubiera gustado encontrarte en algún vagón de ese mercancías. Hubiera sido muy bonito.

Pero no te escribo para declararme ahora, casi cuarenta años después y por una carta cerrada, con sello. Mentiría si te digo que aún te amo. Aunque la mentira hubiera sido mayor si, a oscuras bajo el casquillo de aquella bombilla rota, te hubiese dicho entonces que te amaba. Yo solamente estaba enamorado. Loquito por ti. Sólo eso. Lo cierto y verdad es que siempre te he querido mucho, Lucía, muchísimo, y que, durante todos estos años, nunca te he olvidado.

A quien pude preguntar, le pregunté y algo sé de cómo te ha ido en la vida. Estoy convencido de que Serafín se habrá esforzado en hacerte feliz. Maguilla siempre fue servicial. No he querido indagar más, porque no tengo derecho a hacerlo y porque, para mí, tú sigues siendo, Lucía, la Luci que siempre iluminó mis penumbras.

Si te escribo esta carta, después de tantos años, es sólo para darte las gracias por haber llenado de luz un rincón de mi vida, un recodo de mi existencia que siempre hubiese estado vacío sin ti.

Gracias, Lucía. Gracias por seguir presente en mi memoria.

Con todo mi corazón, recibe un gran abrazo.

Paquino