miércoles, 20 de agosto de 2014

Un 'Edipo rey' memorable


José Joaquín Rodríguez Lara


El Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida pone fin a su 60 convocatoria con un espectáculo memorable: 'Edipo rey', de Sófocles, en versión del extremeño Miguel Murillo y dirigido por el dublinés Denis Rafter. Es uno de esos montajes que se acomodan en los recovecos de la memoria y permanecen durante años en el recuerdo del espectador.


Este 'Edipo rey' no sólo es uno de los tres mejores espectáculos representados en la edición actual del Festival de Mérida, sino que además puede compararse sin desdoro con cualquiera de los 'Edipo' programados en las 60 convocatorias del certamen; y han sido muchos, pues no en vano Edipo es el segundo personaje, detrás de Medea, que más veces ha subido a la escena del Teatro Romano emeritense.


Memé Tabares y José Vicente Moirón,
 Yocasta y Edipo, su hijo y esposo.
 (Fotografía de Jero Morales)

Merece la pena ver este 'Edipo rey' que tiene a José Vicente Moirón y a Memé Tabares como protagonistas, encarnando respectivamente a Edipo y a Yocasta, los reyes de Tebas. Ambos realizan un trabajo más que notable, aunque muy distinto. En Edipo se dan continuos altibajos en el estado de ánimo, pasando de la alegría a la desesperación, de la seguridad absoluta a la incertidumbre más profunda, de la humildad a la soberbia, de la ternura a la ira... El papel de Yocasta es bastante más lineal, pero Memé Tabares le da en todo momento el tono justo para hacerlo creíble.


En realidad, todos los intérpretes tienen una buena actuación; incluso la joven Pilar Brinquete y las niñas Vera Avellano y Nuria Mordillo que actúan sin decir ni una sola frase.


Mención especial merecen los coros, sobre los que recae gran parte de la seductora belleza del espectáculo. Hay un coro masculino, que explica la acción y subraya el discurso de los protagonistas, y un coro femenino, integrado por tres voces del grupo extremeño 'Acetre' -Ana Jiménez, Ana Márquez y Laura Ferrera-, que cantan en directo sobre una composición musical pregrabada. El coro masculino se mueve con una precisión milimétrica puesta al servicio de la estética. Y el coro femenino es puro arte hecho canto. Las tres voces recitan textos de Sófocles, alusivos a lo que está ocurriendo sobre el escenario y lo hacen en griego antiguo. La integración de los cantos en el espectáculo dramático es perfecta. El resultado es de una belleza mágica, sobrecogedora. 'Acetre' debe recoger esos cantos en un disco; y hasta debería incluir alguno de ellos en su repertorio, ampliando así sus formas de expresión, en castellano y portugués, con un nuevo idioma: el griego clásico.


El vestuario, diseñado por Rafael Garrigós, es otro de los ingredientes positivos y destacados de este montaje ya que, además de resultar estéticamente muy atractivo, contribuye a contextualizar la obra en una época indefinida, pero muy alejada de los conflictos contemporáneos, tan difíciles de engastar entre las columnas del Teatro Romano.

Yocasta yace sin vida mientras Edipo, tras arrancarse los ojos,
 se debate en el escenario del Teatro Romano de Mérida,
 encerrado en la rueda de su destino,
 sobre cuyos segmentos horarios emerge el coro, el pueblo,
 como una nueva galería de columnas erguidas sobre la base del frente
 escénico. (Fotografía de Jero Morales)
Seguramente lo más chocante de todo el montaje es la escenografía. En la orchestra arde una especie de pebetero olímpico concebido como lugar de culto. Sobre su pedestal se dejan ofrendas, algunas de ellas tan anacrónicas como las mazorcas de maíz que, aunque es una planta rodeada de misterio, se considera que tiene origen americano y, por lo tanto difícilmente podría estar en un templo de la Grecia clásica. Sobre el fuego del pebetero hay una especie de mástil que no parece tener ninguna función en la obra. Aunque sí la iba a tener.

En el escenario se distribuyen de forma caótica doce grandes bloques, con aspecto de ser parte de un rompecabezas arquitectónico. Durante el desarrollo de la representación, esas piezas van siendo ordenadas hasta formar un círculo dentro del cual están Edipo y su madre y esposa Yocasta. Es la rueda del destino, a la cual nadie puede eludir aunque lo intente con todas sus fuerzas. Pero ese círculo no sólo representa al destino, además es un reloj de sol, dividido en doce segmentos horarios. El mástil que corona el pebetero es el gnomon del reloj, la aguja, el estilo que debía marcar las horas, pero por razones técnicas, el reloj no funcionó. Casi nadie se percató de ello.

Edipo es sin duda el personaje más desgraciado del teatro clásico, un hombre al que persigue el infortunio desde la cuna hasta la sepultura. Es también uno de los más conocidos, aunque siempre hay quien se sorprende al enterarse de que, como había previsto la divinidad y anunciado el ciego Tiresias, Edipo mataría a su padre y se casaría con su madre. Pero no por conocida la historia es menos interesante. En este 'Edipo rey', además, se explica muy bien la trágica experiencia vital del héroe.

Y, en definitiva, en una novela puede atraer la intriga, el desconocimiento de lo que va a ocurrir. En el teatro eso es prácticamente imposible; especialmente en el teatro clásico y sobre todo en el teatro griego, concebido para enseñar y para transmitir creencias.  Así que a 'Edipo' no se va a ver lo que ocurre, sino a ver cómo ocurre. En este 'Edipo rey', todo ocurre francamente bien. Y, encima, es una producción extremeña. Merece la pena ir a verlo.

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