miércoles, 2 de julio de 2014

Salomé, pura magia


José Joaquín Rodríguez Lara


Escena de los ensayos de 'Salome'.
 (Fotografía de Jero Morales
 publicada por elmundo.es)

Tanto han brillado las milenarias piedras del Teatro Romano de la capital de Extremadura, a lo largo de sus 2.000 años de historia, que parece casi imposible obtener de ellas destellos nuevos. Sin embargo, el milagro ha vuelto a repetirse con el estreno de la ópera 'Salomé', el gran espectáculo con el que, en la noche del 2 de julio del año 2014 ha comenzado la 60 edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida. Pura magia en un escenario de ensueño.


'Salomé' es un gran montaje y un espectáculo envolvente, total y muy afinado, pues la magia no admite imprecisiones. No sólo es música, canto, representación dramática y danza; además constituye una forma resplandeciente de divulgación del bel canto, un modo brillante de acercar la ópera a un público que, en la práctica, no tiene la posibilidad de acceder a representaciones operísticas ni siquiera de tarde en tarde. Y todo ello ofrecido en la maravillosa bandeja cultural que es el Teatro Romano de Mérida, al que algún día habrá que concederle la Medalla de Extremadura, la máxima distinción extremeña, por lo mucho que ha aportado, aporta y seguirá aportando a la vida cultural de esta tierra. El teatro que Agripa le regaló a los eméritos hace 2.030 años, en el 16 antes de Cristo, acumula méritos sobrados para recibir al menos uno de los premios Ceres, pero merece más, mucho más. 

Creo que Monserrat Caballé, a la que Juan Carlos Rodríguez Ibarra le concedió el siglo pasado esa misma medalla de Extremadura, apoyaría la iniciativa. A lo largo de los decenios, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, sus directores, intérpretes, gestores y patrocinadores han tenido noches mejores y peores, pero el Teatro Romano nunca falló, jamás flaqueó; el Romano siempre da todo lo que tiene y eso que está hecho una ruina.

La ópera es posiblemente la más elitista de todas las representaciones que tienen lugar sobre un escenario. Por el reducido número de espectáculos que se ofrecen cada año, por su ubicación en teatros muy concretos y localizados, por las barreras que imponen los idiomas en los que se cantan, por el desconocimiento existente entre los no aficionados sobre los argumentos de las obras y, también, por el gasto que conlleva aprender a saborear la ópera viendo representaciones. Especialmente cuando se reside en provincias de la franja sur peninsular.

Por todo ello me parece un acierto popular abrir el 60 Festival de Teatro Clásico de Mérida con una ópera y con un montaje como el de 'Salomé', que hace honor al Teatro Romano emeritense; por la belleza del texto y de la música, por la calidad del trabajo de los intérpretes, por respetar la columnata del frontis, en vez de esconderla, como se hace tantas veces, y por contribuir a la divulgación del canto lírico facilitando la comprensión de los diálogos mediante dos pantallas que los ofrecen traducidos al castellano.


A los puristas tal vez les choquen esas facilidades divulgadoras, pero no se llega a experto ni a erudito, cualquiera que sea la materia, sin empezar por sus rudimentos.



Imagen de la escena del Teatro Romano de Mérida
 durante un  un ensayo de 'Salomé.
(Fotografía publicada por méridadirecto.com) 
Sin necesidad de sumar a los integrantes de la orquesta, el montaje de 'Salomé' cuenta con un amplio elenco de intérpretes que actúan en un decorado sobrio y eficaz. Un decorado en el que llaman la atención una gran luna llena y tres automóviles de época (bastante lejana) que ya sólo pueden verse en museos y colecciones particulares. 

La luna pende de una grotesca grúa y podría ser manejada con más agilidad. Además, si al final de la representación se tiñiese de rojo, tendría el peso comunicativo que le asigna el texto, en vez de ser un simple, aunque, eso sí, enorme, objeto decorativo.

La presencia de los tres automóviles sobre la arena de la escena no se explica en ningún momento de la representación y, por ello, resulta chocante y difícilmente comprensible. Parece que asistiéramos a una pequeña exposición de coches en un salón o feria comercial. Al parecer, su función consiste en llenar el vacío existente en la parte de la escena que no se utiliza durante la representación, con el pretexto de que son los automóviles en los que han llegado los invitados a la fiesta con la que arranca la obra. Bueno, si es así, pues vale. Si los vehículos al menos llegasen en marcha al aparcamiento y de ellos se bajasen los invitados con la alegría propia de quien va a asistir a un gran jolgorio, medio podría entenderse pero, parados y sin que nadie baje de sus asientos o se tome una copa sentado sobre algún capó, los tres coches parecen bultos sospechosos.


No se citan en este artículo los nombres de quienes ponen en escena esta ópera para no dejar a nadie fuera, pues cada una de esas personas, desde el director al último integrante de la orquesta, merece una mención expresa. Además, una de las singularidades de esta 'Salomé' es que los personajes protagonistas, Salomé y Herodes, son encarnados por dos sopranos y dos tenores distintos que intervienen en días alternos. Algo parecido a lo que ocurría en el Siglo de Oro cuando la misma comedia era representada por diferentes compañías el mismo día en el mismo teatro.


Un aliciente más para ver y volver a ver esta 'Salomé'. Vaya usted a verla, escuche y compare. No se arrepentirá.


Salomé realiza ante el tetrarca Herodes la danza de los siete velos.
(Imagen tomada en los ensayos por Jero Morales y publicada por elmundo.es)

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