lunes, 17 de julio de 2017

La mitad del cuarto de escabeche


José Joaquín Rodríguez Lara


El calendario empezó a perder sus aristas, de gato sempiternamente erizado, el día que se popularizaron las conservas. Cortar el tiempo en rodajas dejó de tener sentido cuando todo empezó a llegarnos en lata, y luego, con la proliferación de las cámaras frigoríficas y la distribución de los alimentos a escala global, se marchitaron las hojas de los almanaques y las estaciones, los meses, las semanas y los instantes dejaron de ser jícaras de chocolate para convertirse en cacao en polvo.

 

Los días se hicieron puré; una papilla tan fina y homogénea que ni siquiera tiene grumos.


Hubo un tiempo en el que la gente se sentaba a la puerta de su casa para ver pasar las horas, o para recibir al coche de línea: el Brito, la Leda, la Estellesa... El tiempo giraba a su ritmo, con crujidos de cangilones en la noria de la vida. Era inútil apresurarse; todo tenía su momento y su lugar.


Se hacía la boca agua esperando que madurasen las brevas, contemplando el dorado de los melones, el tímido sonrojo de los tomates o el descarado envero de las uvas, tan abundantes que muchas de ellas terminarían colgadas de los palos del techo o en los alacranes de las bóvedas. Aquellos primero racimos, aquel estallido de las granadas, aquellas nueces y castañas, la carne recia de las zamboas... se disfrutaban con la intensidad efímera del deseo acariciado durante todo un año.


Estoy convencido, completamente seguro, de que fueron las conservas las que jubilaron a las cuatro estaciones de Vivaldi, para que pudiese nevar en agosto, porque, por entonces, ni siquiera había cambio climático.


Las cápsulas de hojalata y los arcones frigoríficos y las grandes cadenas de distribución posibilitaron hacer gazpacho en enero, comer uvas en marzo y celebrar los tosantos -con nueces, higos pasaos, membrillos y alguna granada- en abril.


Las conservas fueron la riada que se llevó por delante el calendario de los sabores. Al ver las conservas de ahora, con sus latas abrefácil en formato individual -tres sardinas, tres, sin cabeza y con la del medio de los Chichos acostada con los pies para arriba-, uno ya no está seguro de que su madre le mandase a 'ca Contador', tío-abuelo del ciclista, a por la mitad del cuarto de escabeche.


¿De verdad, vendía escabeche Contador? Y el escabeche que vendía Contador en su hermoso comercio de la calle San Juanes, de Barcarrota, ¿de qué era? Recuerdo trozos lustrosos, con espinas casi disueltas en el caldo, ¿pero de qué?

 

Poco importa. El ingrediente principal de aquella conserva no eran las tajadas, sino el escabeche.


No pasaba lo mismo con el tomate, que llegaba a la tienda de Contador en latas de cinco kilos. Aquel tomate no sólo no estaba escabechado, sino que tenía nombre. Se llamaba Tomate. Hasta tenía apellido con ínfulas: De Pera. Ahí es nada. ¡De Pera! Con el Tomate de Pera y el escabeche se preparaban unas cenas que yo aún me relamo...


Lo que ya no pongo en pie es si Pepe Contador utilizaba las mismas pinzas articuladas, de plástico, cuchara por abajo y tenedor por arriba, para poner en la balanza tanto el escabeche como el Tomate de Pera.

 

Eso sí, a la tienda había que llevar un plato, para que Contador, o su esposa o su hija mayor, te sirvieran la mitad del cuarto o el cuarto y mitad; la vida no daba para más. Pepe siempre completaba el peso con una cucharadita adicional de caldo. Daba lo mismo que fuese de escabeche o fuera de tomate. Ese pocillo de sabor era su firma.


viernes, 30 de junio de 2017


En Almendralejo tuestan el pan



José Joaquín Rodríguez Lara


Almendralejo se ganó el título de ‘ciudad del cava’ y lo pregona con orgullo, coronando con acero calado varias de sus rotondas. Es una pasión tribal, pero legítima, pues ‘la ciudad de la cordialidad’ se encaramó a pulso al trono de los cavas y eso –innovar, crecer, conquistar mercados y disfrutar reinados- tiene mucho mérito si ocurre en Extremadura.

Pero igual de legítimo sería que Almendralejo presumiera de ser ‘el pueblo (vulgo ciudad) de las tostás’. (Vulgo tostadas.) Otro título que el municipio también se gana a pulso cada día. Y es que en el ‘reino del vino’, en la ‘capital de Tierra de Barros’, en el ‘paraíso de los melonares’, en la ‘ciudad del cava’, en la ‘capital de las tostás’ hay tostadas para desayunar cien veces cada día. Sin repetir el menú.

Pocas ciudades pueden ganarle a Almendralejo en la variedad, cantidad y calidad de sus tostás. Hay restaurantes de tronío con cartas menos extensas que el repertorio de tostás que ofrecen algunos establecimientos de esta localidad extremeña.

Y no es un bar o dos, ni en esta o en aquella cafetería. Ocurre en muchos establecimientos. Y no sólo en una o dos calles sorprendentemente desalineadas. En todo el casco urbano y hasta en el extrarradio, allí donde las aceras se amartelan con las viñas en una lujuria de pámpanos.

Están las tostás típicas extremeñas, de cachuela, caldillo o pringue colorá, que todo viene a ser lo mismo. Pero pides una y te pregunta la camarera si la quieres molida, como paté, o con el hígado trozeado. “A mí tráigamela con cachos”. Y te traen una tostá redonda que sabe a gloria y huele a chimenea de pueblo. Esto ocurre en el Alberti. Claro que, enfrente, al otro lado de la carretera de Aceuchal, está el bar del restaurante Los González, en el que hay tal variedad de tostás que te puedes morir de hambre dudando con cual de ellas saciarás hoy tu apetito.

En los González las tostás se hacen con libritas, que es el pan de toda la vida, afirma muy serio el más que eficiente camarero, con la insobornable seguridad de quien cree que el mundo entero es un barrio de Almendralejo.

La librita es un pan redondo al que se le puede poner encima casi de todo. Incluso cachuela con cachos de hígado. La tostá con pan de librita más famosa y más demandada en Los González es la Bechamel. Está buenísima, pero no puedo asegurar que sepa mejor que las demás, pues a dos libritas por día con sus correspondientes cafés, aún me quedan muchos desayunos para hablar con suficiente conocimiento de causa sobre la carta de tostás de Los González, de el Alberti, de La Tacita y de todos los bares tostaeros que hay en Almendralejo. Todavía ni siquiera he tenido tiempo de entrar en El Abuelo.

 

En algún caso ni siquiera hay que entrar, pues es el bar el que sale a la calle colocando en las aceras fotografías de sus tostás, como si fuesen pizzas en librita o platos combinados. Es su bandera. La enseña de los puestos fijos-discontinuos en los que venden sandías coloradas y melonas amarillas es la roja y gualda, la de España.


Bechamel, una tostá que despierta pasiones. (Imagen robada de Internet.)

Otra cosa me ha llamado la atención de los pocos bares de Almendralejo en los que he podido desayunar hasta ahora: tuestan el pan. ¡Como lo está leyendo! ¡¡¡Lo tuestan!!! No lo queman. No hay que rasparlo para eliminar lo negro, esos ribetes carbonizados que, en unos segundos, pasan de apetitoso alimento a detonante cancerígeno. En el ‘pueblo de las tostas’ tratan al pan con mimo, en vez de abandonarlo en el fuego y no acordarse de él hasta que ya está a punto de incendiar el infierno. Se ve que en la ‘capital de las tostás’ saben tostar el pan. Y un pan correctamente tostado, sea librita, mollete, rebanada o lo que fuere, es la base de cualquier buena tostá. (Vulgo, tostada).


miércoles, 17 de mayo de 2017

Vara y su lobby feroz


José Joaquín Rodríguez Lara


Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura, ha reiterado su intención de constituir un 'lobby' (un grupo de presión) para que apoye intereses extremeños sobre el ferrocarril y otras vergüenzas patrias. Lo ha dicho en Cáceres, el día 17 de mayo, y ya había dicho lo mismo en Portugal a finales de noviembre del año 2016.

Sendas declaraciones me reafirman en mi creencia de que el mero anuncio de medidas políticas no tiene el porqué causar, por sí mismo, los efectos que se pretenden conseguir. Salvo que lo que se pretenda sea una perfumada lluvia de titulares informativos. 

Me llama la atención que el presidente extremeño anuncie a bombo y platillo, siempre en actos de alta repercusión mediática, la 'constitución' de un 'lobby extremeño'. Los 'lobbies' no son instituciones ni entidades ni tienen personalidad jurídica propia, así que no se 'constituyen'. Los 'lobbies' son grupos de presión que funcionan o no. Si no funcionan, no existen. Y, cuando actúan, lo hacen con tanta firmeza como discreción. El hecho de anunciar su 'constitución', como ha hecho Vara, les aporta ruido y les resta eficacia.

Sorprende que el presidente Vara haya tardado tanto tiempo en darse cuenta de que hay que tener amigos hasta para presionar. El expresidente Ibarra tenía a Guerra, aunque tampoco le daba mucho fruto, y Vara podría tener a ¿Susana?, ¿a Patxi?, ¿a Pedro?... Ante la duda, ha decidido buscar el apoyo de altos ejecutivos de empresas. Extremeños que triunfan, fuera de Extremadura, claro, y que van a tratar a Vara con su propia medicina: ni un no, ni una mala palabra, ni un mal gesto, pero poco, muy poco, casi ningún fruto.

Las personas que integren el pretendido 'lobby' de Vara, apoyaran los intereses extremeños cuando no vayan en contra de sus propios intereses y de los de sus empresas. Vamos, que para semejante viaje no hace falta constituir nada. Basta con una llamada telefónica.

Pero con todo, lo que más sorprende es que Vara anuncie su deseo de constituir un 'lobby' para defender los intereses de Extremadura y se olvide del grupo de presión que los extremeños constituimos en las últimas elecciones generales, en junio de 2016, en las que le dimos al PSOE cuatro hermosos escaños, cuatro, cada uno ocupado por un lobo o una loba parlamentaria.

¿Está más obligado a defender los intereses extremeños el director del diario deportivo Marca, por ser natural de Don Benito, que las dos diputadas y los dos diputados extremeños del PSOE? ¿Tiene más poder 'de presión' el alto ejecutivo de una empresa con sede en Madrid que un diputado socialista en un Congreso gobernado por una derecha sin mayoría absoluta? ¿O es que los parlamentarios extremeños del PSOE se esfuerzan en defender sus intereses, en primer lugar, después los de su partido y facción, luego el de sus electores y, por último, si cabe, apoyan los intereses de la ciudadanía extremeña en general?

Tal vez crea usted que cuatro diputados, cuatro, los cuatro extremeños y del PSOE, dan para poca leche. Pero fíjese usted como ordeña a Rajoy, y por ende a casi todos los españoles, un diputado, sólo uno, que representa a Canarias y que, para más asombro, llegó al escaño en las listas del PSOE. 

Este diputado canario, natural de Caracas para más señas, sí que es un 'lobby' feroz mamando de los Presupuestos Generales del Estado. Como se lo proponga, llevará el AVE hasta las islas Canarias.

martes, 9 de mayo de 2017

-No hay mayor muestra de soberbia 

que hacer alarde de humildad.


Una huerta de la señorita Pepis


José Joaquín Rodríguez Lara


El huerto no es de Renato, es de la señorita Pepis. Todo en él es de juguete. Todo es diminutivo. "Tubito", "plantita", "marquito", "navajita", "olorcito", "calorcito", "pedunculitos", "puñadito", "picaíto", "capitas", "cascaritas", "poquito", "bandejita", "manojito", "ramitas", "esquinita", "nudito", ...
 
Si al menos Renato y su padre, Fernando, además de Jordi, tercer pie del taburete hortícola televisivo, utilizasen la terminación en 'ino', tan característica de Extremadura, el uso intensivo de los diminutivos en este programa de Canal Extremadura sonaría menos artificial y, sobre todo, bastante menos empalagoso.

Extremadura tiene algunas de las huertas más extensas del mundo; están en las vegas de sus ríos, especialmente en las del Guadiana. Por su extensión, las huertas de las vegas extremeñas, con surcos grandes, muy grandes, kilométricos, sólo admiten comparación con cultivos hortícolas como los de California, en Estados Unidos. 

Pero 'El Huerto de Renato' no está diseñado para la explotación del campo extremeño. Es pura distracción. 

Aunque a veces la cámara enfoque a la tierra, 'El Huerto de Renato' es un huerto de tiesto y terraza. Todo en él es reducido, minimalista. Todo menos el diferencial entre el coste -no se escatiman medios- y el valor de la cosecha. Y este desfase, en una región rural, agraria y que malvive del campo, chirría mucho. 

Si los extremeños fuésemos urbanícolas, en vez de campesinos, chocaría menos.

Esto de que la horticultura de ficción sea más rentable que la auténtica es difícil de asumir y de sobrellevar.

Me pregunto si 'El Huerto de Renato' produce algo que se pueda comer. Aunque sea algo 'pequeñito'.

domingo, 7 de mayo de 2017

-En los extremos de la política, 

preocupa muchísimo más la robustez electoral 

del polo opuesto, 

que el descrédito propio entre el electorado.